Arrogante desmedido como era quiso desaprender las lecciones de aquellos que se arrastran su humanidad, de aquellos entre los que nació. Arrogante desmedido como era se propuso fijar su destino. Arrogante desmedido, quiso ser un dios.
Arrogante y necio como ninguno. Descubrió que la única verdad que tenía era que no tenía ninguna verdad. Desde ese instante la vida ya nunca habría de ser la misma, ya no habría vuelta atrás.
Necio como ninguno se aventuró por las sendas inefables de sus entrañas. Necio como ninguno, aprendió por su mano las lecciones de una vida que los hombres del presente parecieran haber olvidado.
El buscador había nacido para ser tan arrogante, para ser tan necio, tan blasfemo, que aspirase a ser algo más que otro eventual recipiente de aliento y latidos.
El buscador se precipita en el abismo, se funde en la oscuridad absoluta, se deja devorar por la luz que no puede ser vista. Agarra sin miedo los barrotes humeantes del vacío y se quema. Sufre. La vida no es otra.
Aullándole a veces al cielo, soñando que quizás un día alguien responda, que otros buscadores lo encuentren y arropen. También él busca un lugar al que llamar hogar.
Solitario el buscador, su camino no puede desandarse.
Es este mundo es una estepa, vasta, eterna, demasiado grande para el que sabe lo que busca, demasiado vacía para el que teme no encontrarlo.
La historia se repite y los buscadores se repiten en ella. Sin saber si acaso es posible encontrar.